martes, abril 07, 2009

Ser madre -entre la fragilidad y el ímpetu-

pancita soleada Mi pancita en sus nueve estaciones de caverna

Cuando decidí ser madre, llegaba ya a mis 35 años. Una edad en cuenta regresiva para la maternidad. Serlo sería una decisión, no un accidente o una casualidad. Fue, es y seguirá siendo la aventura más esplendorosa pero arriesgada que he asumido ante el universo.

Inicialmente sería un plan maestro en contra de mis excesivos soliloquios; luego, mejoré la idea de que sería más bien -una extensión de mí misma y su otredad-.

Ya no ser o existir… para mis egos o trivialidades sino en despojo de todo por amor; un amor siempre exacto, de galope inmutable, al destape de todas sus latitudes, en condiciones de punto seguido y sus 24 horas, inacabable; una vida para el desgarre, la prueba y el error.

Si bien ya había viajado por el mundo y cumplido casi todas mis metas; varias carreras y cierta estabilidad financiera; sentí que el paso precedía a la acción, y era mi mejor momento para ser mamá. Fui educadora por muchos años, y ese sentido filial casi siempre maternal, era muy poderoso en la sed de mi “ser” como mujer; aún muchos de mis alumnos los veo como hijos.

A pesar de que mi condición amorosa era más que solitaria por mi demarcado divorcio, me abrí a nuevas posibilidades afectivas.

Cuando inicié el proyecto de mi libro: “Tierra, fuego y agua… que nunca se enturbia”, una temática que lucha por la autenticidad de lo que somos, -entre lo que es mestizo y lo indígena en nuestra hispanidad-; asumí un viaje por los lares del sur, aprovechando una invitación del Ministerio de Cultura de Colombia al Encuentro de Mujeres Poetas en Cereté.

Pensé que sería una gran opción visitar las tierras incaicas y su riqueza prehispánica y tenía la opción de viajar a algún país cercano para concentrarme en la actualidad del indígena. Estaba por elegir Bolivia pero una conocida ecuatoriana que encontré en la agencia, me dijo:- vete a mi país, además de barato, es bellísimo y muy rico en cultura autóctona.

Ya había iniciado la ruta meses atrás, con Perú, parte del borde andino chileno hasta continuar por el puente Inca de Mendoza Argentina.

Así que ahora asumiría el viaje a Quito, Ecuador, después de mi gira por el Norte de Colombia.

Visité mercados, diversos lugares y en uno de ellos; camino a conocer la famosa línea ecuatorial, en la mitad del mundo, mientras iba en el autobús, se sentó a mi lado, en el único espacio que había disponible, un militar bastante joven, con imperio de Rey inca, inició un saludo ingenuo que sería el conductor, dos años después, a ser el padre genético de mi hija.

Ya ven, seguía el patrón como ascendiente mestiza de españoles, yéndome de exploradora, en busca de la riqueza del indígena y me traje uno de vuelta.(Aquí va una risa)

Mi historia disfuncional con el encuentro de dos culturas es larga y tendrá otro capítulo. Pero con mi embarazo, vino mi segundo matrimonio. Luego, a los seis meses de nacida mi hermosa mestiza, por diversos motivos, se decidió nuestra separación inminente. Actualmente, él reside en España con dos de sus hermanas, ya todos como colonizados y europeos.

Mi hija en una semana cumplirá 6 años. Su otra mitad del ser, la desconoce; la cultura, el país y la familia de su padre.

Como regalo de natalidad-identidad, le daré este viaje post colonial en la sierra de Machachi, Quito; un viaje que no debe obviar porque es parte de su sangre y de su historia. Y aunque –yo- nada tenga que ver ya con su padre, ella es parte de él y en su momento estelar, fue decisión de ambos concebirla.

Ambas vemos este viaje  como una aventura en complicidad. Ella conmigo, ante mi nunca soledad.

Su otra mitad, la mía; la conlleva como rutina, siempre libre y creativa pero es la de todos los días.

El otro pedacito de ella, lo ha llevado desde siempre. Es curioso el poder de la genética. Su abuela es 100% indígena: sus trenzas hasta la cintura, sus trajes largos y bordados, cultiva alfalfa y zanahoria; tienen animales de pasteo y de granja; una mujer de matriarcado y fuerte como toda mujer indígena.

Lo curioso es que mi hija, le apasiona la tierra, embarrarse de lodo. Lo primero que hace cuando viene del kinder, es tomar sus botas para iniciar su labor de campo; parlotea con los gusanos; anda cazando todo tipo de animalitos (Ayer mismo encontró ocho bebés escarabajos y durmió con ellos. Los resguardó en un jarrito de Gerber, con tapita huequeada, y pedacitos de hojas).

Sé que este viaje le marcará indefinidamente su historia. Conocer que todos somos parte de todo; que la piel es solo piel fuera de nosotros mismos. Que su vida es una extensión, una amplitud, una continuidad… de una familia, de un país, de un universo, de sí misma en mí misma.

Ella es mi mayor tesoro, mi mejor poema. La prueba más exquisita de mi existencia. El recordatorio de que ser madre-mujer es ese contraste entre la fragilidad y el ímpetu. Nadie me abraza ni me hace respirar como ella.  Allí mueren mis miedos -en la noche- cuando la duermo. Es mi aventura de ser lo que ella mira en mí.

Su maestra me dijo este año, que Marypaz le había dicho que su mamita es grande con signos de interrogación. Le dio curiosidad porque supuso que era por alta (pero mido tan solo 1.60cm). Así que le dijo ¿cómo grande? –Sí, mi mamita es lo máximo, juega conmigo, hace muchas cosas, es poeta y todo.

Ahh, eso fue lo mejor que he escuchado en estos 6 años de extensible labor, mi premio al por mayor, ser admirada y valorada por mi hija. Cuando me asoma la disfonía de la cotidianidad o una lágrima de más, porque las hay…

Recuerdo a esa oruga pícara y traviesa que me admira y me digo: -¡Qué más puede uno desear?

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Les  comparto un poema de los 9 que le hice cada mes de mi gestación. Viví esa época entre los bosques de Monteverde. Les incluyo -el séptimo mes- cuando supe que tendría una mujercita y que le pondría por nombre Marypaz.

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7 meses

 

Ya no es el poema

esa línea vertical que me eterniza…

sino tú,

diminuta hoja de mi árbol,

mujercita,

MAR de todas las esencias

Y PAZ que nace desde el vientre para el mundo.

 

Yo te espero…. llena de arcoiris,

con un bosque húmedo en los brazos,

para besar tu rostro de bromelias.

 

Quiero invitarte hija,

a atrapar tu infancia como una mariposa,

a reposar en los campos fértiles

que abundan en los sueños

y a inventar colores que pinten

toda la tristeza de tus lunas y las mías.

 

Yo te invito desde ya…

a amarme, Hija mía.

 

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